Emma no disfrutaba en clase. Tenía 18 años. Estudiaba en la Universidad el cuarto año de carrera, pero ella no se sentía a gusto. En casa también tenía problemas de relación con sus padres.
De repente, Emma me dice que no, que no quiere llevar este tipo de vida.
- Pero, ¿qué estás haciendo? ¿Quieres manejar mi forma de escribir? -le dije yo-.
- Quiero que pares ya, por favor, quiero arreglar mi vida de una vez. Llevarme con mis padres, tener éxito en mis estudios...
- No vas a poder conmigo.
- ¿Cómo que no? Ahora quiero ser yo la que maneje tu vida. Quiero que no seas tan buen escritor. Vas a escribir lo que yo te diga.
- Emma empezó a quitar palabras de mi novela, tal y como ella quería, y yo sentía un deseo atroz de salir de la historia a la que ella me obligaba a pertenecer.
Teresa Ribello
