![]() |
Todo aquel que lee, deja en un cajón de sus recuerdos una anécdota más para su existir.
![]() |
Era el mes de enero en Málaga. Aunque aquí, en Andalucía, tenemos unos inviernos más bien suaves, aquel año sí que llegó fuerte el primer mes del calendario.
De noche, había veces en que era difícil poder dormir en condiciones, por mucho que añadieras algunas mantas a tu cama. Utilizaba calcetines de los más gruesos, algunos incluso zurcidos, por el paso del tiempo.
Siempre tuve curiosidad por saber qué inquietudes o costumbres habría entre las personas que vivían en el Polo Norte o zonas más aisladas por el frío. Por ejemplo, los esquimales, que tienen que soportar temperaturas excesivamente bajas, rodeados de enormes bloques de hielo.
Pues bien, después de indagar un poco en la vida de estas personas, descubrí que estas personas no viven siempre en el mismo lugar. Todo depende del movimiento que realicen los animales que les rodean, como por ejemplo, las focas, los osos polares o las ballenas, porque son unos de sus alimentos principales. Y no solo alimento, también, con sus pieles y demás zonas de sus cuerpos se hacen sus ropas y armas para cazar.
Cogí la botella-termo de encima de la mesilla de noche, porque no podía alcanzar el sueño debidamente y tomé algunos sorbos de infusión de lavanda mientras pensé: "Y además, son simpáticos estos esquimales".
Teresa Ribello.
Prohibido mirar el reloj - Teresa Ribello
Aquella noche, Matilda se bebía su vaso de leche caliente con miel, como casi siempre. Le dejó un poco a su gato, que le gustaba acurrucarse junto a sus piernas, en un cesto color marrón bien mullido que le había confeccionado ella misma. Sentada en su mecedora, frente a la chimenea, leía un libro que había sacado de la biblioteca esa misma mañana.
En ese momento se acordó de llamar a doña Manuela, para saber el estado de su hija. Afortunadamente, le comunicó lo feliz que se sentía porque ya había salido del peligro.
Solo escuchaba el tic tac incesante de su reloj de péndulo, marcando las nueve y media, colgado justo encima de la chimenea. En esos momentos no había nada que se opusiera o que pudiera competir con aquella escena tan plácida y tranquila. Matilda empezó a dar cabezadas en su mecedora, después enseguida reaccionaba y volvía otra vez a la lectura. El sueño le estaba venciendo poco a poco. A Flipi ya le había vencido hace media hora. Estaba totalmente enroscado y en el séptimo sueño. Matilda estaba cansada y cuando ya no pudo más fue en busca de su cama, porque seguir en su sillón se convertía en una pérdida de tiempo. Así que se plantó su pijama color azul, apagó la lámpara y se dijo "Mañana será otro día".
Teresa Ribello.
enseguida reaccionaba
"La Lección de August" - R.J. Palacio
"A las personas hay que recordarlas por sus actos y no por su aspecto". Esto es lo que
escribió August en una de las redacciones que solía pedir su profesor, el sr. Browne. Por tus
actos te reconocerán; al final solo queda lo bueno o la huella que hayamos dejado en este
mundo. No podemos olvidar todo lo que se han esforzado nuestros padres porque
tuviésemos de todo, como educación, comida, ropa, etc., con el riesgo
de que su economía se tambalease un poco. Y todo el amor
que
nos han ofrecido, aun
sabiendo que, a veces, no íbamos a responder de igual manera.
Summer, parecía ser una gran amiga, y además, de confianza
para Auggie. Se contaban
cosas que, con cualquier otro niño o niña no podían contar;
como por ejemplo de lo que se
iban a disfrazar en la próxima fiesta.
August tenía repulsión a las fotos. Decía que no a todas. A la única que no pudo decir que
no era a la del colegio.
Para su perrita Daisy, la cara de August no es muy distinta a la de otra persona. Y es que,
afortunadamente, los animales no distinguen estas cosas. Miran con el corazón.
Teresa Ribello.
Estábamos en un viaje precioso por las islas griegas. Era el ecuador del verano. Habíamos preferido hacer un crucero porque en los anteriores viajes cogimos el avión y el tren. Este año sería distinto.
Éramos varias familias las que convivíamos en el barco.
Entre todos, había una chica a la que llegué a conocer durante el trayecto. Era alta, delgada, pelo negro liso, cortado a melena y piel clara.
Me dijo que venía de Santander y que trabajaba en la industria de las conservas de pescado. Era muy simpática y alegre. Me di cuenta que tenía una zapatilla distinta a la otra y eso me despertó mucha curiosidad. En cuanto pude se lo hice saber, porque realmente no sabía si era porque se había equivocado al elegir el calzado o si era tendencia del momento. Enseguida soltó el vaso del cóctel que estaba bebiendo y se plantó las manos a la cabeza.
- No tengo remedio. Parezco de otro planeta. No, no es tendencia, señora. Son mis despistes... -dijo la chica-.
- No se preocupe, es una de las cosas más graciosas que pueden pasar -dije yo-.
- La verdad es que tengo anécdotas en lo que llevamos de mes, que me faltan dedos para contarlas. Hace unas semanas, estábamos en Venecia, mi marido y yo, en la plaza de San Marcos. Había un gran gentío, y en un momento determinado, cuando sentí la necesidad de estrechar mi mano con la de mi esposo, sin darme cuenta, apreté la de otra persona, la cual resultó ser la de una pobre ancianita que andaba por allí-.
Teresa Ribello
- Hola, ¿cómo estás, Ana? Hacía tiempo que no te veía -dijo Eva-.
- Sí, ¿cómo te va todo? -dijo Ana-.
- Bueno, no va muy mal del todo. Estoy trabajando en un buen sitio, lo que pasa que últimamente estoy teniendo algo de ansiedad. El otro día tuve un brote bastante fuerte -dijo Eva-.
- ¿Tenes mucha presión?
- Sí, y es insoportable. Pero son rachas. Dentro de unos días espero que se pase todo.
- Eso es normal, pasa en todos los trabajos. Si no fuera porque nos gusta hacer nuestra labor... -dijo Ana-.
- En julio se acaba el contrato y no sé si continuaré en el mismo sitio o en otro.
- ¿Tú, qué prefieres? -dijo Ana-.
- A veces, me gustaría que me enviasen a otro sitio diferente, entre otras cosas, por si me encuentro con un jefe distinto, que no esté tan alejado de la actividad que realizamos y que sea una persona más amable y cordial con sus subordinados -dijo Eva-.
- Me vas a permitir que te diga que, posiblemente, esa misma contrariedad te la puedes encontrar en cualquier sitio al que vayas -dijo Ana-. Tengo que reconocer que esto que me estás contando no pasa en mi empresa, pero pasan otras cosas...Y lo de la ansiedad, también es normal que ocurra. Compénsalo con otras actividades relajantes, por la tarde...
- ¿Te apetece comer algo? -preguntó Eva-.
- Bien. En aquel restaurante ponen una comida deliciosa -dijo Ana-.
Teresa Ribello.
Se respiraba paz en aquella casa, aunque no faltasen los problemas. La chica que prestaba
servicios domésticos tres veces por semana ya se había marchado. Había tendido toda la
ropa, fregado la cocina y hasta le había quitado el polvo al vidrio que había en el testero
de la cocina, junto a la alacena.
Cristóbal había iba a la capital a comprar algunas cosas para reponer el negocio y eligió
esa mañana para poder hacerlo, así que cogió su pequeña furgoneta color marrón
aparcada en la acera de enfrente.
Al principio se resistió antes de salir, pues llovía intensamente.
La plaza estaba totalmente encharcada y se hacía difícil cruzar
la calle sin empaparse.
María estaba junto a la mesa del patio haciendo una de sus
aficiones favoritas. Tenía en sus manos un bastidor que portaba un bonito bordado de
naturaleza silvestre.
- ¿Así vas a salir, con la que está cayendo? -dijo María-.
- ¿Qué le vamos a hacer? Me quedaría aquí contigo, pero hay que seguir trabajando. Ya
solo quedan tres meses para la jubilación... -dijo Cristóbal-.
- Trae algo de carne para la cámara congeladora -dijo María-. Y ten cuidado.
Teresa Ribello
En el jardín todo estaba en orden. Un orden magistral, por la cantidad de plantas calladas y enfiladas a lo largo de toda la verde explanada...